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Brindis al sol y moscas a cañonazos

Javier de Lucas
Institut de Drets Humans de la Universitat de València (IDH UV).

lucasEl Reglament d’Usos Lingüístics de la Universitat de València del que hablamos en este debate se aprobó por una más que abrumadora mayoría en el Consell de Govern de la UV (30/09/2014). Supongo que se sometió previamente al correspondiente período de exposición pública, además del filtro de las diferentes comisiones (mea culpa si no me enteré en su momento). Me encuentro, pues, muy probablemente, entre la mínima minoría de quienes pensamos que su texto es más que manifiestamente mejorable. Porque advierto en él cierta posible confluencia de una voluntad hiper-reglamentista, con una efervescencia emocional (quizá por contagio de la que se vive al otro lado del Ebro) que ha podido hacer olvidar en algunos puntos la distinción elemental entre lo obvio y lo superfluo y descuidar el criterio de lo razonable, algo básico en teoría y técnica legislativa, al menos desde Montesquieu. Vamos, mucho brindis al sol y no pocos cañonazos para tan poca mosca.

Partiré de lo obvio: el artículo 6.3 de los Estatuts deja claro que “un dels objectius fonamentals és l’assoliment de l’ús normalitzat de la llengua pròpia, de manera que aquesta puga desenvolupar totes les funcions sociolingüístiques com a llengua de cultura moderna”. La disposición 13ª de los Estatuts prevé el necesario reglamento. La UV ha defendido esta misión en las más difíciles circunstancias, haciendo frente a no poca soledad e incomprensión, como, por ejemplo, en los tiempos de la batalla de València (por cierto, irresponsablemente alentada, entre otros, por el profesor Manuel Broseta, a quien ahora se nos presenta como mestre de ciutadania). Yo estoy orgulloso de ello. Y estoy de acuerdo con la necesidad de un Reglamento, claro. Pero no con lo que considero sus excesos.

A la vista de la limitación de espacio, pondré solo algunos ejemplos de disposiciones desmedidas y de otras puramente retóricas.

Comienzo con algunas de las primeras, que parecen basadas en una lógica acorde con la “cláusula Chumy Chumez”: está prohibido todo lo que no es obligatorio. Así, en las denominaciones (excepto la de la propia UV): ¿Por qué, en el Capítulo IV (Usos institucionals) no se dice nunca expresamente lo que se señala solo en el artículo 9 (“podran tenir també el nom en la llengua corresponent”), esto es, que pueden estar también escritas en castellano? Otro ejemplo ridículo: su 1ª Disposición Adicional señala que el Consell de Govern…“inclourà els nivells de valencià, d’anglès i d’altres llengües requerits per a cada plaça en les modificacions de la Relació de Llocs de Treball que es proposen al Consell Social”. ¿Estará alguna vez entre esas lenguas el maorí? No cabe excluirlo, pero es altamente improbable. Y el castellano, ¿se da por tan obvio que no se menciona? ¿En ese caso, por qué sí el valenciano?

Veamos algunos de los brindis al sol, que no se pondrán en marcha. Así, el del artículo 4.1 (“La Universitat de València prendrà mesures de suport i de reforç positiu per garantir que en tots els àmbits de la vida universitària i sobretot en la docència, la recerca i l’administració, els membres de la comunitat universitària estiguen capacitats per a usar almenys les dues llengües oficials i una tercera llengua de difusió internacional”): ¿de verdad la UV pondrá medios para que estemos capacitados para utilizar bien el castellano y el valenciano?

Hay otros casos en los que la voluntad de promoción de la lengua propia puede llevar al despilfarro, teniendo en cuenta la escasez de recursos disponibles. Por ejemplo, el artículo 11.4 (“Sempre que la Universitat de València desenvolupe nou programari, n’encarregue un d’específic o participe en la creació de nou per a l’ús dins i fora de la comunitat universitària, caldrà que hi haja una versió de cada programa en la llengua pròpia de la Universitat, i que aquesta versió es difonga amb anterioritat o simultàniament a les versions en altres idiomas”). O bien el 22 (“Els estudis, els projectes i els treballs que la Universitat de València encarregue a ciutadans, institucions o empreses de l’àrea lingüística li han de ser lliurats en valencià i així ho haurà d’establir la Universitat en encomanar aquestes tasques”): ¿alguien ha calculado y explicado el gasto que eso supone y, en su caso, la limitación que impone?

Y no me digan que se trata solo de criterios preferenciales, porque en cuanto choquen con derechos se convierten en papel mojado, como en el caso del artículo 14 (“Els enunciats de les proves selectives del personal de la Universitat de València s’han de presentar a qui s’examine en la llengua pròpia de la institució, o bé en versió bilingüe en valencià i en castellà, amb la llengua pròpia en posició preferent. En el primer cas, es pot demanar a qui examine una versió de la prova en castellà”), el 18 (“En l’atenció oral, el personal de la Universitat de València s’ha de dirigir normalment al públic en valencià. En tot cas, ha de respectar-se la tria de la llengua oficial en què els ciutadans i ciutadanes volen ser atesos”), o el 28 (“A fi de garantir el dret de l’estudiantat d’expressar-se en qualsevol de les llengües oficials, els estudiants i les estudiantes poden fer els exàmens, les intervencions en classe o en les tutories, els treballs, les exposicions, etc., orals o escrites, tant en valencià com en castellà, amb independència de la llengua establerta en l’oferta acadèmica dels estudis de grau i de màster”), una disposición que, por cierto, no habla del derecho de los profesores.

Me declararía en abierta rebeldía, si no fuera porque difícilmente puede estar uno legalmente en rebeldía cuando se encuentra bajo el amparo de la Constitución, el Convenio Europeo y la Declaración universal de los derechos humanos del 48, que reconocen y garantizan libertades elementales, como la de la lengua. Me parece que, en su ambición, este Reglamento oscila entre los extremos de lo superfluo o, peor, lo desmedido. No lo impugnaré. No lo acataré.

 

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Infouniversitat, periòdic digital de la Universitat de València. Disseny i edició digital: T. Gorria. Fotografia: Miguel Lorenzo. Correcció lingüística: Agustí Peiró. Edita: Universitat de València